miércoles, 26 de marzo de 2014

Kiko, Cedrún, Cádiz.

9 de Junio de 1991. “¿Qué, cuantas te cayeron?”. La pregunta retumbaba en mis oídos de forma periódica cada vez que nos entregaban las notas de EGB, provocando un estado de ansiedad difícil de conllevar. Desde que tengo uso de razón adapté el vivir en el alfiler como una forma de vida. Nunca entendí a ese que compañero que tuvimos. Si, ese. El que se sentaba dos mesas más allá y recibía las notas como un mecánico soviético recibiendo su jornal. Un 8, o un 9, daba igual. Tu y yo éramos diferentes. Nos gustaba jugarnos las victorias y las derrotas en el último minuto. Un 5,25 en Lengua. Un 4,75 en Matemáticas. Vivir en el alambre, al borde del precipicio. Unos nos decían que no se nos daba bien estudiar. Otros que quizá estudiar no era lo nuestro. Pero ambos sabíamos que la adrenalina del 5 raspado era mejor que cualquier 10.

La vida es un juego a esas edades. Nuestra conducta y comportamiento se rige por las bases del perro de Pávlov. El pobre perro no habría recibido ni un sólo estímulo positivo de haber sido un perro listo y educado desde el principio de sus días. Sin embargo, al tener que corregir su comportamiento, se atiborró a premios caninos. Así que ese era nuestro objetivo. El aprobado por los pelos tenía un sabor especial.

No supe de ti hasta que finalmente tropezaste y caíste. Aquello fue en el verano de 1993. La caída fue brutal. De Primera a 2ªB en dos años. Pero que más daba, la leyenda ya estaba escrita. Años de suspensos, y años de aprobados sobre la hora. Demasiado divertido como para escaparte de la zona baja de la tabla. Era el Cádiz CF, el equipo amarillo de la Tacita de Plata. Los vientos costeros habían traído desde El Salvador años atrás la despampanante clase de Mágico González, uno de los mejores extranjeros de la historia de nuestro fútbol. Y esos mismos vientos costeros le hicieron volar de vuelta a El Salvador la temporada 90-91. A trancas y barrancas el equipo deambulaba entre la zona de descenso y la de promoción gracias a jugadores de pundonor como Dertycia o Juan José “Sandokan”. Pero faltaba el arte de Mágico, su chispa atemporal.



El 9 de Junio llegaba el examen final de curso. Castellón y Cádiz se jugaban eludir el descenso. Los castellonenses viajaban a Oviedo para enfrentarse a un Real Oviedo que se jugaba su primera clasificación para Copa de la UEFA. Los gaditanos, por su parte, se enfrentaban al Zaragoza, que buscaba el empate para no caer en la temible promoción de descenso. El Carranza estaba a rebosar. La sirena del océano, como dijo Lord Byron, aguardaba el desenlace final.

El partido estaba 0-0. Bronco, trabado y falto de creatividad. Los nervios invadían el Fondo Norte del Carranza y el reloj continuaba marcando impertérrito su hora. Ramón Blanco sacaba al terreno de juego a Husillos. Indudablemente iban a por el partido. A los pocos minutos miró de nuevo hacia el banquillo y sólo vio a un chico del filial. Delantero centro, y de buena planta, aunque muy hábil con el balón en los pies. Era añadir más pólvora al ataque cadista, así que finalmente le dio entrada en el terreno de juego para asistir de primera mano al 0-1, obra de “Paquete” Higuera. Ramón Blanco se desgañitaba. Manuel Irigoyen no se lo podía creer.

Aquel chico desgarbado apuntaba maneras, y en una jugada aislada era derribado dentro del área cuando ya encaraba a Cedrún. Penalty. El argentino Dertycia anotaba el gol del empate, con 9 minutos por delante para intentar conseguir el milagro. Desde Oviedo llegaban buenas noticias para el cuadro amarillo: El Castellón perdía 3-0. Había posibilidad de aprobar, ¿Por qué no?. La grada se vino arriba, y el equipo se contagió. Corría el minuto 85 cuando los gaditanos, espoleados por su afición llegaban hasta la frontal del área, donde Barla cedía un balón a Kiko, ese chico del Cádiz B de buena planta. Kiko controló, se metió en el área, y con un suave toque lanzaba un disparo pegado a la cepa del poste, lejos del alcance de Cedrún, que veía estupefacto como el balón se colaba en las mallas zaragocistas. Gol. Era el 2-1, y el Carranza se viene abajo. Manuel Irigoyen se salta cualquier tipo de protocolo en el palco y celebraba efusivamente el gol. Francisco Narváez “Kiko” marcaba así su primer gol en la División de Hnor a los 19 años. Por momentos el espíritu de Mágico González sobrevoló de nuevo el Carranza. El equipo lograba llegar vivo al examen de recuperación: La promoción de descenso.



En ella el equipo consiguió la salvación en una dramática tanda de penaltis frente al CD Málaga. Un año más la alegría invadía las calles gaditanas como si del viento costero se tratase. Por si fuera poco, un nuevo ídolo había llegado para quedarse. En sus botas atesoraba toda la clase de la escuela gaditana, aquella que lograba arrancar los “olé” de toda tribuna y preferencia. Aquella que transmitía el arte al fútbol. Aquella que saboreaba orgullosa cada temporada en Primera, y cada salvación en la ultima jornada. Porque viviendo en el alambre es donde encontramos las emociones fuertes, aquellas que te hacen saltar y gritar de alegría como si no hubiese mañana. Es así. Y por eso, tu y yo siempre fuimos diferentes.



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