martes, 29 de abril de 2014

Jaime, Busquets, Barcelona.

20 de Noviembre de 1993. Los minutos pasaban lentamente, como gotas de agua cayendo de un grifo mal cerrado. Miras por la ventana y compruebas que hace sol, un sol de justicia. Una emoción recorría tu cuerpo de pies a cabeza mientras vislumbrabas como uno de tus compañeros de clase daba pequeños golpes a una bolsa de Pryca con un balón dentro. Sonaba el timbre y te apresurabas a guardar los libros bajo la mesa con la mayor rapidez posible. No había ni un solo segundo que perder. Con una prisa inusitada bajabas las escaleras adelantando en estampida a las chicas de la clase, excitado por el ruido del balón botando a lo lejos. La bolsa de Pryca volaba, y antes de que su vuelo a lo American Beauty la hiciese besar el suelo, ya están preparados los equipos. Daba comienzo el partido de tu vida. No importa la clase posterior, ni importa la camiseta que lleves puesta, ni tan siquiera lo caros que sean tus zapatos. Por delante tenías 20 minutos de adrenalina, carreras, gritos y alegría. Puro fútbol. La "ley de la botella" y la "ley del vaso" como reglas esenciales del juego, y el grito "¡Eh, falta!" como único juez imparcial. Corría y corría como un pollo sin cabeza hasta que en las postrimerías del encuentro lancé un disparo preciso y precioso por encima del portero que entraba lamiendo el poste derecho. Es tu momento. Alzas los brazos al cielo e imaginas hacer un gol así en Primera División.

Son años de bocadillo de nocilla, cola-cao al desayunar y patadas, muchas patadas a aquel legendario Adidas Etrusco. No existe mas fútbol para ti que ese, y el que cada sábado ves a través de la pequeña televisión de la cocina mientras cenas. Son ídolos lejanos a los que conoces gracias a los cromos que intercambias con tus amigos tras finalizar las pachangas vespertinas. Ídolos ocultos, ídolos desaparecidos. Y es que por mucho "taco" de cromos que tengas, Romario no acababa de salir nunca. Romario, el maldito Romario. Regalarías bolsas de Grefusito, Churruca y Bollycao por Romario. Cambiarías tus 7 cromos de Lizarralde, 6 de Walter Lozano y 5 de Ezequiel Castillo sin dudarlo. Pero no hay manera.

Aquel sábado 20 de Noviembre fue un día muy completo. Partido con el equipo de fútbol del colegio por la mañana. Tras la comida, otro partido, en este caso con los vecinos. Posteriormente sesión de "sile" y "nole" hasta que tu madre te llamase para dar buena cuenta de la cena. Y finalmente, bocadillo de atún viendo el partido de La 2. Era un interesante Barcelona - Lleida, en el que la diferencia de calidad entre ambos equipos hacia presagiar una goleada histórica para el Dream Team. Además, jugaba Romario. El maldito Romario que tanto costaba encontrar en los cromos. Enfrente, los Virgilio, Pedro Luis, Milinkovic, Ravnic o Herrera. Tras muchas décadas, el equipo ilerdense regresaba a Primera División con intención de obtener, dado lo reducido de su presupuesto, una salvación milagrosa. Un modesto recién ascendido que ocupaba la última posición de la tabla. Clarísima goleada.


Pasaban los minutos de partido y no llegaba el gol. Devoré mi bocadillo de atún mientras el Barcelona buscaba sin éxito la puerta de Ravnic. Así hasta el minuto 44, cuando Nuñez Manrique señalaba el punto de penalty tras una caída de Stoichkov. La resistencia ilerdense estaba a punto de llegar a su fin. Romario, el maldito Romario se preparaba para lanzar el penalty bajo la atenta mirada del lanzador habitual, Koeman, que ese día se encontraba en el banquillo por decisión técnica. Y saltó la sorpresa, ya que Romario erraba el lanzamiento. Ravnic lo celebró fríamente, sabedor de que restaban aún 45 minutos de sufrimiento. Era asombroso pensar que el colista había aguantado 45 minutos a aquella pléyade de estrellas.

El panorama en la segunda parte continuó siendo el mismo. El equipo ilerdense se replegaba con éxito, dejando pasar los minutos, y esperando que el Barça no tuviese su día. A esas alturas, solo me faltaba la camiseta azul con la publicidad de "Ara Lleida" para convertirme en un seguidor más del equipo de la comarca del Segre. Once jugadores modestos estaba siendo capaces de poner en jaque al Barcelona de Cruyff. Al Dream Team. Al mejor equipo del momento, con permiso del Milan y el Sao Paulo de Tele Santana. En mi pequeño mundo, aquello me parecía un hecho realmente extraordinario, casi sublime. Algo histórico. Por eso, cuando en el minuto 87 el lateral derecho Jaime Quesada se escapó por su banda aprovechando el pasotismo defensivo del equipo de Cruyff, y disparó con su zurda aquel Adidas Etrusco por encima de Busquets para poner el 0-1 en el marcador del Camp Nou, lo celebré incrédulo con las manos en la cabeza y mis ojos abiertos de par en par. El colista anotaba. Jaime corrió la banda eufórico, casi sin creerse lo que acababa de hacer, y levantó los brazos al cielo para celebrarlo. Era su momento. Silencio en el Camp Nou a pocos minutos de bajar el telón. Pero tras los últimos intentos culés, el partido finalizaba con 0-1 en el marcador. Jaime Quesada, el héroe, recibió un sinfín de felicitaciones por su jugada. Especialmente la de su compañero Ravnic, que obtuvo 14 aciertos en la quiniela gracias a la confianza en su equipo, al poner un 2 en su partido. 



La mañana del domingo me desperté con una nueva remesa de cromos en mi habitación cortesía de mis padres. Tras un "puerta a puerta" con mis amigos mientras halábamos del histórico triunfo ilerdense de la noche anterior, comenzó el intercambio de cromos. Carlos estaba especialmente orgulloso, ya que había logrado algo histórico: Conseguir el cromo de Romario. Levantando sus brazos al cielo, nos mostró la anhelada imagen del astro brasileño. Rápidamente comenzaron las negociaciones, pero en ningún momento entré en ellas. Tras rechazar todo tipo de ofertas, Carlos me ofreció cambiar todo mi "taco" de cromos por el de Romario. El maldito Romario. "De acuerdo, todos excepto este", le contesté. Era el cromo de Jaime Quesada. El maldito Jaime Quesada.


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