martes, 22 de abril de 2014

Kostadinov, Lama, París.

17 de Noviembre de 1993. “Lo siento, pero estoy empezando a sentir algo por otro”. Una simple frase derrumba todo tu mundo en milésimas de segundo. “It’s the end of the world as we know it”, como decía aquella canción de REM. Un disparo directo a tu corazón. Razones que dejan de tener sentido, y recuerdos que pasan en un santiamén a formar parte de tu pasado. Un silencio sepulcral inunda todo lo que rodea ese momento, insípido, doloroso. “Tenemos que dejarlo. Lo siento”. Nadie está lo suficientemente preparado como para encajar ese golpe. Te vienes abajo. Las noches de insufrible lamento se suceden tras interminables días no vividos. Te hundes en lo más profundo de tu ser sin ver más allá de tus temblorosas manos. El fin parece cerca. Es una pesadilla.

Aquella calurosa noche de Noviembre en París fue el inicio de otra pesadilla. Un instante para la historia, que supuso marcar un punto de inflexión para dos selecciones nacionales: Francia y Bulgaria. Ambos combinados iban a dirimir en el Parque de los Príncipes de la ciudad de la luz, un billete para el Mundial de Estados Unidos de 1994. El combinado francés, dirigido por Gerard Houllier, había sufrido semanas atrás una dolorosa e inesperada derrota en casa frente a Israel en el último minuto. Un accidente fruto de la confianza de haber ganado 0-4 en la ida disputada en Jerusalén. Un pequeño tropiezo para los Cantona, Papin, Ginola o Deschamps. Por contra, el equipo búlgaro llegaba en tercer puesto a este último partido tras la propia Francia y Suecia. El telón de acero había caído, y varios de sus futbolistas, con Hristo Stoichkov a la cabeza, comenzaban a triunfar lejos de sus fronteras.

Niños con la camiseta de Papin, reciente balón de oro. Jóvenes con el cuello alto en homenaje a Eric Cantona, l’enfant terrible. “La Marseillaise” retumbaba en el viejo cemento del Parque de los Príncipes. La brisa parisina aderezaba el inicio de la feliz velada. Tras el pitido del árbitro, Francia se hizo rápidamente con el control del partido, aprovechando los nervios iniciales de los búlgaros. El favoritismo francés era claro dado el talento de sus futbolistas, y así quedaba demostrado en el minuto 32, cuando Eric Cantona anotaba el primer tanto de los franceses. 1-0. Banderas de Le Republique ondean al viento. Pero tras el gol, aparece un invitado sorpresa: El miedo. El temor. Los búlgaros se crecen, y a Francia parecen temblarle las piernas. Es incomprensible. A la salida de un córner, Kostadinov empata el choque. Un cabezazo directo a los corazones franceses. El silencio infinito, los decibelios del miedo.


Se llega al descanso con la confianza de que el empate también da la clasificación a Francia. Tranquilidad era lo único que debió salir del vestuario francés para la segunda parte. Pero no fue así. El equipo siguió atenazado. Un hecho insignificante, la lesión de Papin, originaba la entrada de uno de los protagonistas posteriores del encuentro: David Ginola. No lo sabía, pero estaba a punto de disputar sus últimos minutos como internacional.

Faltaban 18 segundos para el 90. 18 míseros segundos. El marcador era 1-1 y el balón estaba en posesión francesa cerca del banderín de córner. Tan solo había que dejar pasar los segundos, pero esa no parecía ser la idea de Ginola. El extremo parisino saca un centro largo que acaba en posesión de la defensa búlgara en la otra banda. Rápidamente, Bulgaria inicia un contragolpe por medio de Lubo Penev. Ginola, desde la banda derecha, presencia la jugada que marcará toda su carrera futbolística. Penev lanza un pase preciso a Emil Kostadinov, quien se adentra como una bala en el área, y con una certera semivolea supera a Bernard Lama. Gol de Bulgaria a un segundo del 90. 1-2. Francia está fuera. Bulgaria entera corre, grita, salta como si no hubiese mañana. Un minuto después, el árbitro señala el final del partido, y las cámaras buscan a Ginola. Su rostro refleja la desolación vivida. Las camisetas blancas y verdes corren por el campo celebrando un hecho histórico. Bulgaria acaba de dejar fuera a Francia del Mundial de 1994. Es la pesadilla francesa. La noche tanto en París como en toda Francia fue larga, muy larga. Tristeza infinita. El fin de una era. En unas duras declaraciones al finalizar el partido, Houllier señaló a Ginola como "El asesino de la selección francesa".



“¿Y ahora, qué?” es la primera pregunta que sale de tu boca tras derramar las últimas lágrimas de melancolía. A esas alturas, tu ex disfruta de su nueva vida mientras curas las últimas heridas de la batalla a base de sollozos. La bajada a los infiernos te hace enterrar sentimientos, tirar fotos, cartas…todo lo que te recuerde a ella. Tras el partido, Gerard Houllier fue destituido. Eric Cantona no volvería a vestir la camiseta gala. Ni Papin. Ni el señalado David Ginola. La nueva revolución francesa. El “¿Y ahora, qué?” dio sus frutos 5 años después, cuando la selección comandada por Zinedine Zidane se proclamaba brillantemente campeona del mundo en su casa, así como campeona de Europa posteriormente. Aimé Jacquet aupó a aquella generación a la gloria partiendo del día mas triste del fútbol francés. Se tuvo que tocar suelo para poder llegar al cielo.

Por contra, Bulgaria viajó hasta Estados Unidos con la mejor selección de su historia. Una brillante generación que ha perdurado con el paso de los años, integrada por los Balakov, Letchkov, Mikhailov, Ivanov, Penev, Stoichkov, Kostadinov, etc. Uno de los equipos más anárquicos de la historia de los mundiales (todos recordamos sus concentraciones entre alcohol y humo de tabaco). Una de las revelaciones mas sorprendentes. El cuarto puesto logrado en Estados Unidos fue el broche perfecto para aquellos hijos del comunismo. Años después, seguiremos recordando aquellos nombres, y aquella legendaria selección búlgara del 94. Dos caminos se bifurcaron en busca de la felicidad, gracias al punto de inflexión de Kostadinov. Y ya nada volvió a ser igual.


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