domingo, 6 de abril de 2014

Tamudo, Julio César, Madrid.

13 de Mayo de 2012. Vallecas, el barrio obrero por excelencia de Madrid, el alma y la sangre de toda una ciudad. Vallecas, construida sobre sudor y lágrimas, desde donde se disfruta la mejor vista de la capital. Vallecas, cuna de un sentimiento, un orgullo, y una pasión: El Rayo Vallecano. El equipo franjirrojo ha llegado a la jornada 38 de ese caluroso 13 de Mayo jugándose el todo por el todo en 90 minutos. La meta está cerca, pero varios equipos pelean por llegar la orilla sanos y salvos ese mismo día. Y entre ellos, el Granada, el rival de esa tarde-noche. Una meta y dos destinos. Varios autobuses desembarcan en territorio pirata. Cerveza en los bares anexos, y sol sofocante en el cielo, hacen de este domingo un día idílico para jugarse la salvación. El menú ideal para liberar la ansiedad de toda una temporada.

Los dos equipos salen del túnel de vestuarios como un amanecer radiante de verano. No cabe un solo alfiler en el Estadio. La grada tiembla a niveles adecuados para la escala Ritcher. Bukaneros, el colectivo de aficionados rayistas más característico, animan desde lo mas profundo de sus entrañas. Ellos son el Rayo, junto a los jugadores. Ellos. En plural, porque la temporada del modesto equipo vallecano, con el presupuesto más bajo de la categoría, no se puede explicar sin la afición del fondo de Vallecas. Antes de comenzar el partido, una señora mira al cielo, y con ojos llorosos se santigua golpeando su camiseta franjirroja. Su gesto es suficiente como para saber lo que todos se juegan ese día.



La tarde de transistores en los oídos trae las peores noticias de otros campos. Las jugadas vienen y van, no existe un dominador claro del partido, y el pánico al descenso parece agarrotar los músculos de los 22 hombres sobre el campo. La primera parte se consume como un cigarrillo encendido sobre el cenicero. Con los resultados en ese momento, el Rayo está en Segunda División. Los jugadores lo saben. El 0-0 es inamovible y los minutos caen como una losa sobre los sufridos corazones rayistas. El pueblo no se rinde, y el equipo tampoco. Ellos, juntos nuevamente, buscan el gol que otorgue la salvación, en detrimento del Granada, cuyos aficionados viven los últimos momentos de partido con el miedo incrustado en sus huesos. El tiempo pasa inexorablemente.

Se cumple el minuto 90, cuando el barco rayista se lanza al abordaje de forma definitiva. No existen tácticas ni posiciones. Tan solo 16.000 almas nerviosas empujando a sus ídolos en busca del gol. La vida pirata, por el momento, tiene que esperar. De pronto, los transistores sirven de hilo conductor para relatar el gol de Falcao para el Atlético de Madrid en Villarreal. El murmullo recorre en milésimas de segundos todo el barrio, desde Santa Eugenia hasta Mayorazgo. Granada está salvado. El infierno acecha ya sólo a Rayo Vallecano y al Villarreal. 



Tras infinitos balones al área, el árbitro señala corner a favor del Rayo. Todos al corazón. Todos. Desde Tribuna hasta Preferencia deben empujar en la última jugada del partido. El balón no encuentra rematador, y la defensa del Granada lo despeja, cayendo en los pies de Piti. Y Piti nunca fallaría a Vallecas. Porque Piti también es Vallecas. El bravo jugador barcelonés recoge el balón en 2ªB y recorre toda una trayectoria de ascensos con el equipo rayista para internarse en el vértice izquierdo del área defendido por Julio César. Su pase es rematado por Michu hacia el fondo de Bukaneros, como si se tratase de un regalo hacia ellos. Ojos sin pestañear y bocas abiertas en toda la grada. El larguero bendice el balón, que sale rebotado a los pies de Raúl Tamudo. El héroe de Sarriá, Montjuic o Cornellá. El héroe. Tamudo empuja el esférico a la red y Vallecas se viene virtualmente abajo. Gol. Estalla la locura, el éxtasis en su más puro estado. Sandoval llora en el banquillo, del que saltan todos sus integrantes a abrazar a Tamudo. Cientos de aficionados invaden el terreno de juego. Los jugadores caen al suelo presos de la emoción del momento. El cemento tiembla. Un auténtico abordaje. La vida pirata.



Juntos una vez más, aficionados y jugadores lloran de alegría. Vallecas y Granada son de Primera. Tras varios minutos de celebración conjunta, Tamudo se dirige a su campo para sacar de centro y certificar la permanencia. Mira al cielo y se santigua, tal y como hizo la señora en la grada al inicio del partido. Todos reman juntos en el mismo barco, el cual finalmente llega a la orilla tras el pitido final del árbitro. El barco del Rayo conquista Primera División de nuevo. Por ello suena "La vida pirata" como colofón final. El pueblo vallecano y los suyos se funden juntos sobre el terreno del juego en un abrazo que aún perdura. Porque ellos, y siempre ellos, son el rayo que ilumina Vallecas y Madrid.


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