miércoles, 14 de mayo de 2014

Fran, Dida, A Coruña.

7 de Abril de 2004. "A una isla del Caribe he tenido que emigrar y trabajar de camarero lejos de mi hogar", rezaba la canción. Era el mejor homenaje posible a su tierra natal. "Miña terra galega" es la postal de Galicia que Julián Hernández, por entonces batería de Siniestro Total, escribió en 1984 como canto a la morriña. Una muiñeira fusionada con el rock sureño de Lynyrd Skynyrd. Rosalía de Castro haciendo la Ruta 66. Retazos de Finisterre y la torre de Hércules. El honor de Breogán, mítico rey Celta. Y del Celta, precisamente, se confesaron Julián y sus compañeros de banda en una noche de la Sala Rock-ola madrileña, allá por los años 80, cuando la reconversión industrial comenzaba a golpear insistentemente a cada familia desde Tuy hasta Foz. Eran años de plomo. Laureano Oubiña como capo de la droga campaba a sus anchas llenando las calles de marginación y BMW's. Nunca se supo si fue primero el huevo o la gallina. La droga o la reconversión. O si la proliferación de grupos como Liga Armada Galega provocó la vista gorda a la llegada de la droga a Galicia como forma de acallar a una juventud acribillada por los recortes. Padres y madres destrozados por ver a su hijo caer en el pozo, en cada pueblo, en cada barrio, en cada casa. Droga.

"Cuando suena la muiñeira el llanto empieza a brotar". Galicia siempre fue tierra de llantos y sollozos. Tierra de amargas despedidas del emigrante partiendo hacia América en busca de la prosperidad que su tierra le ha negado. La Galicia errante, que llenaba cada puerto de abrazos rendidos por la emoción de la despedida del hijo al que sus padres nunca jamás volverían a ver. La Galicia que llora en forma de lluvia cada día, por los siglos de los siglos. 'En Galiza non se pide nada. Emígrase', se decía. Cada amanecer barcos enteros llenos de rostros desencajados zarpaban provocando una infinita tristeza en todos los pueblos, en todos los barrios, en todas las casas. Y a medida que se alejaban, los pañuelos blancos ondeaban al viento con ese característico olor a carbón quemado. Emigración.



"Donde se quejan los pinos y se escuchan alalás". El final de los años 80 y principios de los 90 eran el caldo de cultivo ideal para el fracaso. Excepto en casa de los González Pérez. Fran y Jose Ramón, Jose Ramón y Fran, habían esquivado emigración y droga dando patadas a un balón bajo la Torre de Hércules, hasta debutar en el primer equipo del Deportivo de la Coruña. En el caso del joven Fran, 7.000 personas disfrutaron de su debut una lluviosa tarde de Enero de 1988. “El jovencito es el mejor", se oía en los bares cercanos a Riazor el legendario día el que el Depor regresó a Primera División tras vencer al Real Murcia. Con aquel ascenso llegaron en 1992 las SAD al fútbol español. Y con ellas, las inversiones, las acciones y el caos. Dinero.

"Donde el cielo es siempre gris". Durante una madrugada de Diciembre de 1992 el cielo se volvió negro. El Mar Egeo se estrelló frente a las costas coruñesas, provocando un desastre natural histórico que inundó de crudo las rías de Coruña, Ares, Betanzos y Ferrol, y afectó a más de 300 kilómetros de costa. La Costa da Morte anegada de petróleo. Gaviotas llenas de crudo. Fauna muerta. Esta vez lloraron los pescadores, y lloró Galicia viendo como lo más puro de su tierra era engullido por el petróleo. El barco finalmente encalló frente a la Torre de Hércules en donde Fran había comenzado a jugar con su hermano. Y allí se quedó. El casco oxidado llegó para ser testigo directo del nacimiento de una esperanza llamada Superdepor. Un equipo que de la mano de Arsenio Iglesias comenzó a codearse con los más grandes gracias a Mauro Silva, Djukic o Bebeto. Inmigrantes del fútbol que devolvieron la alegría a una golpeada A Coruña. Alegría.



"Donde la lluvia es arte". Comenzaron a llover goles. Calidad a raudales. Incluso títulos. El cabezazo de Donato o el penalty de Djukic formaban parte ya de la capital herculina. Rivaldo, Djalminha, Martins...Durante varias temporadas A Coruña se convirtió en una alternativa al bipartidismo de Madrid y Barcelona. Cientos de jugadores inmigraron en busca de prosperidad. Las tornas cambiaban. Y temporada tras temporada, el proyecto del Deportivo crecía y avanzaba un paso más, hasta alcanzar la Champions League. Arsenal, Manchester United, Bayern de Munich o Juventus de Turín sufrieron en sus carnes el vertiginoso despegue de aquel Superdepor, comandado fielmente por Fran, 'O Neno', la mejor zurda gallega y objetivo de media Europa. Sin embargo, Lendoiro siempre hizo oídos sordos a la venta del mayor estandarte del deportivismo. Ni una sola negociación hasta horas intempestivas en el Playa Club. Además, él no quería emigrar. Ya había visto a bastantes amigos de la infancia hacerlo antes. Quería triunfar en su tierra. Sabía que tarde o temprano llegaría el gran éxito. Y en 2004, con el casco del Mar Egeo como testigo, toda A Coruña se preparaba para una noche que prometía ser histórica. Tras un 4-1 en Milán y las semifinales de Champions League en el horizonte, toda A Coruña se preparaba para lo más difícil. No había bastado con llevar a un equipo ascensor a Cuartos de Final de Champions League. Todos querían más. Y con el espíritu de Djukic aún presente, el Deportivo saltó a Riazor como aquellas tardes de Agosto en las semifinales del Teresa Herrera. Ilusionado.

"Es duro estar lejos de ti". Enfrente Cafú, Nesta, Maldini, Gattuso, Pirlo, Seedorf, Kaká o Shevchenko. El vigente campeón de Europa. Pronto comenzaba la tormenta para el conjunto milanesa, puesto que a los 5 minutos "Rifle" Pandiani hacía que toda A Coruña apretase los puños en alto en signo de victoria. Sin tan siquiera llegar al descanso, Valerón de cabeza, y Luque de un estupendo disparo ponían el 3-0 en el marcador coruñés, y la eliminatoria cuesta arriba para los italianos. El pitido del árbitro invocando el descanso sonó como los buques de los barcos saliendo de A Coruña hacia Cuba o Argentina. Nesta y Maldini miraban atónitos como los Manuel Pablo, Molina o Valerón abandonaban el césped corriendo hacia vestuarios. Aquel gesto presagiaba lo que iba a pasar en la segunda parte. Lejos de remontar, el Milán continuó descomponiéndose hasta que en el minuto 76, el pequeño de los González Pérez cabalgó por su banda como antes había hecho en el Municipal de Mollerussa, en Las Llanas, en Palamós o en el Villamarín. Voló como una gaviota hacia la portería de Dida, y lanzó un zurdazo imparable que se coló en la red haciendo saltar a toda Riazor y a media América. Golazo. A Fran se le iluminaron los ojos cuando vio los rostros de la gente vibrando en Riazor. Era el 4-0 del Superdepor en la noche mas memorable que se recuerda en A Coruña. El Deportivo se clasificó goleando al campeón y presentando su candidatura al título final gracias a su capacidad de entrega, sacrificio. Lucha.




"Miña terra galega". Han pasado diez años desde entonces. Los recuerdos han pasado a formar parte de aquel Superdepor, y la leyenda aún perdura. No así el casco del Mar Egeo, que fue retirado a la vez que el Deportivo dejaba de codearse en los puestos altos de Primera. Desde su posición de privilegio frente a la Torre de Hércules, impertérrito ante el paso del tiempo, en silencio, expectante, asomaba su oxidada coraza como un fantasma del pasado, que llegó del mar. El mismo mar que tanta gente se llevó. Galicia.


No hay comentarios:

Publicar un comentario