martes, 6 de mayo de 2014

Hugo, Raúl, Leganés.

17 de Junio de 2001. Todo comenzó en el tranquilo barrio porteño de Parque Patricio. El barrio en donde Gardel comenzó a interpretar las más sentidas melodías de tango junto al maestro Barbieri, mientras disfrutaba de las noches de bohemia bonaerenses más allá de los confines de San Cristóbal. Las mañanas eran para los cobardes. Y las tardes eran para El Globo, Huracán, el símbolo rojo y blanco de origen estudiantil que luchaba con San Lorenzo por ser el club más representativo de la zona sur de la ciudad. Por tener la supremacía porteña. Por representar los valores más puros del fútbol local. Atraído por todo ello, Hugo Alberto Morales, un chico oriundo de Corrientes, aunque nacido en el populoso barrio de Boca, daba sus primeros pasos en dicho club en aquellos años post-dictadura.

Los inicios no fueron fáciles. Su buena definición de cara a la portería rival atrajo la mirada de Carlos Babington, entrenador del equipo, quien conmovido por el fallecimiento del padre de Hugo, decidió apoyarlo incluyéndole en el equipo titular un domingo de 1991. En los cuatro años que jugó para Huracán, Hugo demostró una capacidad de lucha, entrega y sacrificio innatas. Era corazón. Era prosa y era verso. Su atrevimiento gambeteador le hizo debutar en las categorías inferiores de la Selección y tras un gran año, “El diez” firmó por el Lanús de Cúper. Días de gloria. Durante sus años en los granates, Hugo alzó la Copa Conmebol del 96, así como la plata en los Juegos Olímpicos de Atlanta 96. Cada año se especulaba con su inminente llegada a Europa, algo con lo que venía soñando Hugo desde que descubrió el fútbol en sus veranos en Corrientes.


Y fue precisamente un verano de 1997, cuando su vida cambió. Unos intensos dolores de espalda le impedían descansar. Poco a poco el dolor pasó al estómago, pero Hugo se mantuvo en silencio, por miedo a que su carrera pudiese verse perjudicada. Finalmente en Octubre de aquel año, durante una concentración de la Selección, es enviado de urgencias al Hospital a las 2 de la mañana con un cuadro de peritonitis aguda. No solo su carrera, sino su vida, corrieron peligro. Nunca lo reconoció durante sus años de futbolista, pero Hugo sufrió un cáncer que le mantuvo alejado de los terrenos de juego durante 7 meses. Fue duro, pero logró superar la enfermedad. La gambeteó.

Su regreso a la cancha no se hizo esperar. En las noches en vela que pasó en el Hospital soñaba con volver a ser protagonista y dar el salto a Europa. Y fue en un partido contra San Lorenzo, máximo rival de su querido Huracán, donde volvió a sentir el balón corriendo por sus venas. A 20 minutos del final, con 1-1, Hugo ingresó de urgencia a la cancha. Recibió un tango en forma de ovación. Poco después, en un balón rebotado a la salida de un córner lanzó un potente disparo para dar la victoria a Lanús sobre la bocina. Era el regreso. Se levantó la camiseta y corrió emocionado por toda la banda izquierda vitoreado por su hinchada. Había logrado vencer al cáncer y a San Lorenzo. Volvió a dormir. Volvió a soñar. Y se proclamó subcampeón del Clausura 1998.


Y cumplió otro de sus sueños, su salto a Europa. De la mano de compatriotas como Ojeda, Basavilbaso o el Colorado Lussenholf llegó a Tenerife, la isla en donde el fútbol argentino selló más fielmente su impronta gracias a una forma de jugar que creó escuela en toda España, y admiración por toda Europa, tras el brillante papel del conjunto tinerfeño en la Copa de la UEFA de 1997. Pero los años dorados ya habían pasado. El equipo chicharrero había descendido a Segunda División tras una convulsa temporada. Eran tiempos difíciles, aunque si alguien tenía experiencia en salir de un pozo, ese era Hugo Morales.

Tras una primera temporada nefasta para todo el equipo, el descenso de históricos de la talla del Sevilla, Betis o Atlético Madrid hacían que el ascenso conllevase una dificultad extrema. Entrenado por Rafa Benítez, el Tenerife se aupó rápidamente a las primeras posiciones de la tabla desde las primeras jornadas y ya nunca se bajó de ellas. Un equipo rocoso, trabajado, y táctco, no exento de calidad, sobre todo en la línea ofensiva. Sin embargo, Hugo no era titular. En el conglomerado táctico de Benítez no había sitio para él, por lo que sus actuaciones se limitaron a revolucionar el partido desde el banquillo. Como el día de su segundo debut contra San Lorenzo.

Pasaban las jornadas, y la lucha en la cabeza era encarnizada. Con el Sevilla ligeramente por encima de los demás, Albacete, Tenerife, Betis, Recreativo y Atlético de Madrid libraban cada domingo batallas a vida o muerte en los terrenos de juego. Incluso fuera de ellos, como el célebre Caso Barata, mediante el que se pretendió derribar psicológicamente a los tinerfeños. No lo consiguieron. La Liga estaba al rojo vivo, y en la última jornada, el grupo de candidatos se había reducido a Betis, Tenerife y Atlético, ya con el Sevilla en Primera División. Dos puestos para tres equipos. En Jaén, Getafe y Leganés se decidiría la temporada.

Aquel Atlético de Madrid presidido por Jesús Gil se había tomado aquel año como una excursión temporal (“Un añito en el infierno”). Pero las cosas se complicaron desde el inicio. La necesidad imperante de ascenso hizo que su último partido fuese digno de un guión de Almodóvar. La jornada final se disputaba a caballo entre dos localidades vecinas. Getafe era un hervidero rojiblanco, un pequeño Vicente Calderón a orillas de la M-45. A escasos 10 kilómetros, Leganés. Los pepineros debían conseguir al menos un empate frente al Tenerife para que el Atlético volviese a Primera. Miles de seguidores tinerfeños. Miles de seguidores atléticos. Apenas unos cientos del Leganés. El rival era el Tenerife, y así se hizo entender desde la afición colchonera.


El día amaneció soleado y caluroso, y el peregrinaje a Leganés y Getafe hizo de sus estadios una pequeña pradera de San Isidro. Mientras tanto, la marea de seguidores tinerfeños aterrizaba en Barajas, con la camiseta blanquiazul como único equipaje, y la ilusión del ascenso facturada en sus corazones. El ímpetu irrefrenable por atravesar el Atlántico para dejarte la garganta por tu equipo. Unos colores que no saben de distancias o dinero. Todo para aquel once de Benítez llevase de nuevo al Tenerife a una élite de la que nunca debió salir.

Y así llegamos al minuto 64 en Leganés, donde los nervios estaban a flor de piel. Benítez decide dar entrada a Hugo Morales en el campo, como en otras 19 ocasiones anteriores a lo largo del año. Como el día del Lanús - San Lorenzo. Son minutos de cancheros. Betis y Atlético de Madrid ganan sus respectivos partidos, por lo que el Tenerife necesita la victoria para ascender. Y es entonces cuando el árbitro señala un libre indirecto a favor del equipo chicharrero a unos 35 metros del arco defendido por Raúl Arribas. Curro Torres y Hugo Morales se preparan. Corre el minuto 72 de partido. Hugo recuerda el debut en la Primera Argentina tras el triste fallecimiento de su padre. Hugo recuerda su salida al hospital en Octubre de 1997. Hugo recuerda aquellos 7 meses de sufrimiento. Hugo golpea al balón. Gol. Su violento disparo a media altura se cuela como una exhalación ante la atónita mirada de Raúl Arribas. Gritos, abrazos, carreras. Golazo de Huguito.


La pequeña Santa Cruz instalada en uno de los fondos de Butarque se viene abajo. Hugo Morales sale corriendo mientras parece arrancarse la camiseta preso de orgullo y rabia, aclamado por toda su afición. Exactamente como el día de Lanús grito el gol desde el alma. Había vencido la batalla a un cáncer, por lo que el ambiente hostil provocado por el Atlético de Madrid no podría con él. Su gol provocó en la Isla un estallido que ni siquiera el Teide podría lograr, con la Plaza de España como epicentro del terremoto de pasión blanquiazul, inundada por varias generaciones de hinchas tinerfeños que aclamaban a su héroe. El Tenerife volvía a la Primera División. Y es que el histórico regreso del club chicharrero comenzó a gestarse en un hospital de Buenos Aires, en interminables sesiones de quimioterapia. “El diez” no estaba de vuelta, porque nunca se había ido. Porque nunca dejó de luchar.


2 comentarios:

  1. Mil gracias! Aunque el verdadero mérito es de Hugo. Un saludo!

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