martes, 10 de junio de 2014

Juan Pablo, Maestro, Alcoy.

24 de Mayo de 2009. "A las cinco de la tarde. Eran las cinco en punto de la tarde. Lo demás era muerte y sólo muerte a las cinco de la tarde". Como cada día Paco Jémez preparaba su mochila para acudir al gimnasio situado a escasos metros de su apartamento en el residencial barrio de Santa Ana, a las afueras de Cartagena. Una zona tranquila y agradable, en contraste con el intenso y estresante ritmo de vida del entrenador. Eran las cinco de la tarde, como sentenció Lorca en sus versos, cuando el móvil comenzó a sonar. Música flamenco de tono. Al otro lado del teléfono, un acento andaluz similar al suyo, fraguado en los tablaos flamencos sevillanos. Era Juan Pablo, delantero centro del Efesé, al que Paco entrena desde hace unos meses, y con el que ha entablado una amistad basada en la cercanía de sus lugares de origen. La conversación comienza de forma distendida aunque a medida que pasan los segundos el tono de Paco se vuelve más arisco y malhumorado. Pocos segundos después cuelga su teléfono móvil, coge su mochila, y sale de su casa de la calle Génova con un portazo. Faltaban 4 días para el partido más importante del año, y uno de sus jugadores le había pedido permiso para asistir a una corrida de toros a cientos de kilómetros de distancia. Algo inconcebible. Un pecado mortal para el meticuloso entrenador.

Juan Pablo era un delantero corpulento de mucha presencia física, aunque no exento de calidad. Nacido en La Puebla del Río, su origen humilde, y la entrega que demostraba en cada entrenamiento le habían hecho ganarse un hueco en los planes del nuevo míster. Su presencia en Alcoy en el crucial encuentro que el conjunto cartaginés tenía que disputar contra el Alcoyano era un hecho. Quizá no como titular, sino como revulsivo en caso de que el Alcoyano pusiese en entredicho el 2-1 que el Efesé había logrado días antes. Pero en la cabeza de Juan Pablo solo había sol, arena y sangre. Su afición por los toros, y más concretamente por su paisano Morante de la Puebla, le había llevado a entablar una amistad con Paco, un enamorado del viejo arte desde que su padre, el "cantaor" Lucas de Écija le acercase a la Maestranza sevillana. Por ello, había decidido pedir permiso a Paco para acudir el Jueves 21 a la corrida que Morante protagonizaba en Las Ventas. Era el regreso de Morante al coso madrileño tras una temporada alejada del mundo del toreo. Una cita importante que Juan Pablo no quería perderse aunque era consciente de que la cercanía de la feria madrileña con el partido del play-off hacía difícil su presencia. Finalmente, ya de "madrugá", el míster recapacitaba su decisión inicial y decidía conceder a Juan Pablo el permiso necesario para viajar tras el entrenamiento matinal. En la soledad de su casa, Juan Pablo lloró de alegría.

Eran las cinco en punto de la tarde, cuando Morante de la Puebla pisaba la arena de Las Ventas bajo la atenta mirada del delantero sevillano. Una tarde única e irrepetible, que tomó tintes históricos cuando ante un toro de Juan Pedro Domecq, Morante entra al capote con valentía para deleitar al respetable con unos minutos de toreo irrepetibles, llevándose la ovación al unísono de toda la plaza. Una faena memorable que pasó a las páginas de oro de la tauromaquia. Un día en el que los olés y ovaciones se escucharon desde Chamberí hasta Galapagar. Juan Pablo miró al albero, sonrió orgulloso y se emocionó ante su paisano momentos antes de abandonar la plaza y emprender viaje de vuelta hacia Cartagena con una sonrisa en la cara.

Eran las cinco de la tarde, las cinco en punto de la tarde, cuando el autobús del Efesé salió del hotel situado en las afueras de Alcoy camino del Estadio de El Collao, donde esperaban once jugadores y 5.000 gargantas preparadas para cantar un ascenso a Segunda División. La tarde invitaba a todo menos a sufrir. Las caras de los jugadores reflejaban los nervios ante una oportunidad única. Dos clubes históricos como Alcoyano y Cartagena debían dilucidar a partir de las 19:00 una de las plazas de ascenso a Segunda División. Y en la plaza 32 del autobús, escuchando flamenco para calmar la tensión, Juan Pablo sentía responsabilidad e ilusión a partes iguales. A lo lejos, veía los 800 fieles seguidores desplazados desde Cartagena. No les podía fallar. Valor, y al toro.



El pitido inicial revivió las antiguas batallas entre cartagineses y romanos. En el fragor del combate se sucedieron faltas, tarjetas amarillas, e interrupciones del juego por doquier hasta que en el minuto 28 Mena anotaba el 0-1 para el Efesé. Dos goles necesitaba el Alcoyano para empatar la eliminatoria. Al poco de iniciarse la segunda parte, en apenas 5 minutos, Viyuela era expulsado y Negredo marcaba para el equipo local. Tablas en el marcador. Las tornas cambiaban. El 1-1 ante 10 jugadores se tradujo en un dominio incesante del Alcoyano en busca del gol, que finalmente llegó en el minuto 82. Un balón sin dueño dentro del área fue rematado en un escorzo por Diego. El Collao reventaba. La moral del Alcoyano. Cartagena entera se echaba las manos a la cabeza recordando El Cordobazo.

El partido agonizaba. El reloj se desangraba sin que ninguno de los dos equipos fuesen capaces de impedir una prórroga cantada. Hasta el rabo todo es toro. De pronto, el tiempo se paró para Fernando Martín, defensa del Alcoyano. Era el minuto 91, justo el minuto 91. En su intento por sacar el balón jugado, tal y como les había indicado Bordalás minutos antes, es presionado por Carmona. Nadie confía en aquel intento desesperado. Nadie excepto Carmona y Juan Pablo, que inicia un desmarque justo cuando Carmona encima a Fernando como un Miura en San Fermín. Finalmente, este cede a la presión y pierde el balón ante el acoso rival. Fernando busca rehacerse, pero cae derribado falto de fuerzas. Desde la hierba, puede ver a lo lejos como Carmona encara a Maestro, y ante el silencio general cede ante un Juan Pablo que anota a puerta vacía, dando la estocada final al Alcoyano. Gol. Estalla la grada. El reloj sigue sin correr para Fernando Martín, pero los segundos en Cartagena son eternos. Los 800 espartanos cartagineses desplazados a Alcoy saltan al terreno de juego sin poder contener su emoción. Carmona se quita la camiseta como si fuese su propia piel. Y Juan Pablo llora de alegría. Era la única manera que tenía de agradecer a Paco su gesto días antes.



No hubo tiempo para más. Y el partido finalizó entre vítores y reverencias a Juan Pablo, héroe de aquella tarde histórica en la que el submarino de Isaac Peral en el Paseo de Alfonso XII fue anegado por una marea albinegra que celebraba el regreso de su Efesé a Segunda División. Tiempo de victorias, flores, y vítores para los héroes. Un tiempo efímero, que Juan Pablo disfrutó como el que más.



Años después, a las cinco de la tarde, justo a las cinco en punto de la tarde, Juan Pablo conduce al volante de un flamante Mercedes por su Puebla del Río natal. Sonríe feliz, porque lo que ocurrió en aquel recordado Mayo de 2009 marcó su vida para siempre. Al echar un vistazo al retrovisor puede ver a Morante de la Puebla en el asiento de atrás, escuchando flamenco mientras trata de disimular sus nervios ante la corrida de esa tarde. Juan Pablo acabó dejando el fútbol para centrarse en su verdadero pasión: El toreo. De Maestro a maestro. Morante sigue siendo su ídolo, pero ahora también es su jefe. Como chófer, Juan Pablo conduce tan ilusionado como aquel viaje de vuelta a Cartagena tras la legendaria faena de Morante en Las Ventas. 

- "Puedes dejarme aquí, Juanpa. Y muchas gracias.". 
- "Mucha suerte Maestro, y recuerde: Hasta el rabo todo es toro".


2 comentarios:

  1. Recuerdo el gol, que grande el Cartagena. Artículo genial, enhorabuena.

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  2. Muchísimas gracias, un auténtico placer poder hablar sobre historias que todos recordamos, y poder recordarlas una vez más. Gracias!! :)

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