lunes, 30 de junio de 2014

Kempes, Jongbloed, Buenos Aires.

25 de Junio de 1978. Uno no recuerda con exactitud la cantidad de noches angustiosas paralizado por el miedo que pasabas siendo niño cada noche escondido bajo aquellas suaves sábanas de franela. Era tu refugio, la protección ante una sensación de pavor a lo que se ocultaba tras la oscuridad de tu pequeña pero inmensa habitación. Cerrabas los ojos con fuerza para concentrarte en hacer desaparecer de tu mente aquella historia fúnebre que te habían contado esa misma tarde, o aquella escena lúgubre que habías podido ver horas antes en la caja de descubrimientos que era la televisión. Era imposible. Te encogías hasta hacerte minúsculo, imperceptible para el ojo humano, y esperabas que ese silencio acabase pronto. Los minutos pasaban hasta que la desesperación ante una noche en vela te hacía levantarte valientemente para enfrentarte cara a cara con tus miedos, y acudir al cálido cuarto de tus padres. Era el paso de las tinieblas a la luz. Abrazado por tu madre, cerrabas los ojos con la tranquilidad que otorga un cariño protector. El abrazo de una madre.

No siempre fue así. Una fría noche de Marzo, en un país lejano en kilómetros pero cercano en corazón, los padres abrían la puerta de la habitación de sus hijos para calmar su miedo abrazando a sus progenitores. El mundo al revés. Presos del pánico se escondían bajo las sábanas con la esperanza de protegerse contra los monstruos de uniforme que tomaron el parlamento argentino en aquel 1976. El golpe de Estado encabezado por el Teniente General Jorge Rafael Videla fue el pistoletazo de salida para una época macabra presidida por la vergüenza y el horror en la que el pueblo argentino vivió atemorizado ante la represión organizada por la junta militar. Centenares de jóvenes desaparecían cada noche. El miedo campaba a sus anchas por las calles de Buenos Aires y tenía como foco principal la sede de la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada), convertida en el centro estratégico donde se llevaban a cabo detenciones, ejecuciones y torturas de todo tipo. Cada día las desapariciones eran más numerosas. Cada noche los abrazos de las madres argentinas eran mas intensos.



A menos de 1.000 metros de la ESMA se levantaba impertérrito el gigantesco Estadio Monumental de Nuñez, designado por el régimen como la imagen de Argentina al mundo, al celebrarse en 1978 el Mundial de fútbol. Para ello la junta militar había creado la EAM’78 (Ente Autárquico Mundial 78), una institución encargada de organizar el Mundial presidida por el almirante Carlos Lacoste, quien dispuso de todos los medios necesarios para llevar a cabo una campaña propagandística del Régimen utilizando el fútbol como una oportunidad de oro para dibujar otra Argentina ante el mundo. El fútbol era lo de menos. Lo esencial y obligatorio era la victoria final de la selección argentina y no se escatimaron medios de todo tipo para lograrlo. 

El pueblo argentino no reniega de su presente y vive con alegría, diría yo, con heroica alegría, la posibilidad de un futuro promisorio”. Aquellas palabras de Videla añadieron una presión extraordinaria al combinado dirigido por un César Luis Menotti cuyas convicciones socialistas le ocasionaron toda clase de problemas. Criticado en las altas esferas militares por considerarlo subversivo, su enaltecimiento del sentimiento futbolístico argentino y sus valores patrióticos calmaron las ideas represivas de los mandos del Ejército. Por otro lado su silencio en cuestiones políticas ante la prensa le hicieron ganarse la enemistad de sus compañeros socialistas, quienes le tachaban de tratar de enmascarar el horror haciendo política con su silencio y no querer denunciar las atrocidades acometidas por el Gobierno militar. Con calma y entereza Menotti supo sortear los nubarrones a la vez que intentaba abstraer a sus jugadores en la localidad bonaerense de Jose C. Paz de la presión asfixiante a la que estaban sometidos. En medio del pánico surgía una ilusión en el pueblo. El color de la esperanza era el albiceleste. Todos deseaban que los abrazos comenzasen a ser de alegría.

Argentina fue avanzando entre victoria y victoria. Hungría, Francia o Polonia caían ante los Passarella, Bertoni o Kempes entre otros. Tras un empate con Brasil se llegó al partido clave contra Perú, en el que la anfitriona necesitaba una victoria por más de 3 goles para clasificarse para la final. Todo el pueblo estaba pendiente del partido de Rosario. Videla accedió incluso al vestuario peruano para tratar de disuadirles. La victoria era una cuestión de Estado y las sospechas de todo el mundo ante el 6-0 final quedaron patentes cuando días después la junta militar ordenaba una donación de trigo a Perú. El fin justificaba los medios. Las imágenes del pueblo argentino echándose a las calles a celebrar la histórica clasificación dieron la vuelta al mundo. Y mientras se gritaban los goles se silenciaban las voces de los torturados.

Cuatro días después la capital bonaerense dormía con esperanza. En las calles no había mas ruido que el de los cánticos locales con sus manos al cielo como implorando una ayuda divina. Los asados para combatir el frío del invierno en las calles adyacentes al Monumental apaciguaban los nervios del pueblo. El vestuario del anfitrión era un hervidero de pasión. “Nosotros somos el pueblo, pertenecemos a las clases perjudicadas, nosotros somos las víctimas y nosotros representamos lo único legítimo en este país: el fútbol. Nosotros no jugamos para las tribunas oficiales llenas de militares sino que jugamos para la gente. Nosotros no defendemos la dictadura sino la Libertad” dijo Menotti a sus jugadores minutos antes. En la ESMA sin embargo, ni siquiera la ilusión de todo un país lograba alejar el miedo de los ojos de los desaparecidos. Desde sus infernales paredes se oyó el pitido inicial de un sueño que no era el suyo. Enfrente una Holanda mágica. La naranja mecánica. Pasaban 38 minutos de partido cuando más de 70.000 enfervorizadas almas rompieron sus gargantas celebrando el gol de Kempes, en el que el ‘Matador’ estiró su pie lo justo para superar la salida desesperada de Jongbloed. El partido estaba a punto de llegar a su fin cuando Holanda creo una combinación imposible, una jugada de tiralíneas que certificó Nanninga con un cabezazo inapelable a la red. Era el minuto 82 y nada pasaría hasta el final de los 90 reglamentarios. La prórroga estaba servida.



Los primeros 15 minutos se consumían hasta que volvió a aparecer Mario Kempes. Fue la jugada de su vida. El gol de un país. Lo logró en un césped inundado de papeles blancos que ayudaron a que el recuerdo del gol permaneciese imborrable en nuestra menoría futbolística. Como si de una prueba de esquí se tratase, ‘El matador’ realizó un eslalon imposible driblando a dos defensores holandeses para quedarse solo frente al portero. Su tiro mordido impactó ante Jongbloed y el balón quedó flotando en el aire esperando que alguien lo rematase. Nuevamente apareció la puntera de Kempes para empujar un esférico que entró llorando dentro de la meta holandesa, como recordando a la masa enfervorizada que a menos de 10 manzanas de allí las lágrimas de tristeza continuaban brotando. Gol. Argentina llegaba al descanso de la prórroga por delante 2-1. Justo cuando la muchedumbre comenzaba a abrazarse en señal de victoria, Bertolini aprovechó un contragolpe para poner el 3-1 definitivo en el marcador del Monumental, resultado con el que se llegaría al final del partido decretado por el árbitro Sergio Gonella.



En ese momento casi todo el país es un volcán en erupción. Los abrazos eran ya de felicidad, cuando la felicidad era algo difícil de encontrar en la dictadura militar que oprimía al país. Reinaba la confusión, y esto originó que en uno de los fondos del Monumental un hincha saltase al campo. Se llamaba Víctor Dell Aquila, tenía 22 años y un deseo incontenible de abrazar a su ídolo Tarantini. Nadie lo conoce aún, pero Víctor es Argentina. 10 años antes, cuando contaba con 12 años y su madre todavía calmaba sus miedos nocturnos, caía desde un poste eléctrico y aunque sobrevive a la electrocución, pierde los dos brazos en el accidente. Al despertar quiere morir. Su vida deja de tener sentido. Entre sollozos el médico le convence de seguir adelante como muestra de amor a su madre. La que siempre había estado ahí cuando él tenía miedo. La que creyó en él. 




Víctor corrió y corrió hasta que llegó a la zona en donde se encontraban Fillol y Tarantini tendidos sobre el césped abrazados. Al llegar a ellos frenó su carrera, y la inercia provocó que las mangas del jersey se fueran hacia adelante. Ricardo Osvaldo Alfieri pulsó con suavidad el botón de accionado de su vieja cámara Minolta, tal y como había hecho Kempes minutos antes con su puntera sobre aquel balón Adidas Tango. La instantánea pasó a los anales de la historia, por desgracia para Videla. Se llamó el abrazo del alma. La metáfora perfecta de un país mutilado por una cruenta dictadura militar que a pesar de todo había sido capaz de sobreponerse para salir campeón. Víctor nunca tuvo miedo. Con aquel abrazo imaginario calmó el pánico de una nación y la hizo dormir en la noche más larga bajo una sábana de felicidad infinita. Víctor es Argentina. Y Víctor es campeón.


3 comentarios:

  1. Nada, bonita es la interpretación que da cada uno. Es un auténtico placer, de todas formas :)

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  2. Malísimo mezclar los logros deportivos de una selección brillante con la propaganda política. Esto mismo hace esta nota al igual que la junta militar de esos años.
    Pésima la nota.

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