martes, 17 de junio de 2014

Rahn, Grosics, Berna.

Rahn, Grosics, Berna.

4 de Julio de 1954. El día amanece gris y plomizo sobre la bella Berna de mitad de siglo. Rodeada de un manto de verdes praderas, su bucólica vida diaria contrasta con los años de sufrimiento y desgarro vividos en buena parte de Europa diez años atrás, durante la II Guerra Mundial, en los que afortunadamente el dolor pasó de largo por la mayor parte de la neutral Suiza. Hoy, Berna transmite a la perfección el dicho de que tras la tormenta siempre llega la calma.  Es domingo, día de mercado, y a la orilla del río Aare montan sus puestos vendedores de fruta, hortalizas o carne venidos desde distintas poblaciones limítrofes. En un clima de camaradería se ayudan mutuamente mientras discuten a voces la posibilidad de que llueva o no. De pronto, en medio de la conversación aparece una figura con semblante serio, aspecto desaliñado, y arrugas en su rostro que delatan su avanzada edad. Nadie repara en él, hasta que un estornudo corta en seco la socarrona conversación de los mercaderes, quienes con cierta precaución y educación informan al viandante que el mercado aún no está abierto. "No he venido a comprar nada", exclama de forma brusca. "Quería realizarles una pregunta. ¿Ustedes creen que va a llover?". Su gesto impávido delataba un interés cierto ante la pregunta. "Por cierto, no me he presentado. Me llamo Sepp, Sepp Herberger".



Decenas de camisetas alemanas pueblan cada esquina de Essen, una de las principales ciudades industriales de la Cuenca del Ruhr, ubicada estratégicamente en un área en la que se encuentran importantes clubes de la Bundesliga (Bochum, Duisburg, Schalke 04, Borussia Dortmund….). Al norte de la ciudad se sitúa el tranquilo barrio de Stoppenberg, poblado fundamentalmente por mineros jubilados que disfrutan en su retiro de los paseos por Helenenpark, actividades culturales en Barbarossaplatz, o el fútbol, deporte cuya relación con el tejido industrial de las ciudades ayudó a crear un sentido de orgullo y pertenencia muy arraigado en esta zona de Alemania. Nadie ni nada escapa a su influjo. Sobre todo, cuando es la Mannschaft la que juega. Por ello, a las 16:15 de ese sábado nadie en Stoppenberg luce otra cosa que no sea la camiseta de su selección. Los bares llenos congregan a miles de hinchas ávidos de ver a los Ballack, Kahn, Klose o Neuville que calman sus nervios con litros de cerveza. En uno de esos bares dos jóvenes reparan en la presencia de un hombre de tez blanca, cabello canoso y entrado en años. Sentado en la mesa del fondo, entre trago y trago habla con un grupo de tres hinchas ataviados con la camiseta de Alemania. A ninguno parece importarles el partido. El 0-0 que impera en el marcador entre su selección y Paraguay tiene absortos a todo el bar, excepto al grupo de la mesa del fondo, que interrumpe el silencio del bar con un cuchicheo constante. Cansado, uno de los jóvenes se gira violentamente y les manda callar. Las pintas de cerveza se posan en las mesas. Un caballero alto y rubio se levanta de una mesa cercana y dice al oído del joven: ¿”Sabes quien es?, ¿Lo sabes?. Es ‘Der Boss’”.

Alemania se clasifica para los cuartos de final del mundial de Corea y Japón gracias a un tanto de Olivier Neuville en las postrimerías del encuentro. El bar entero respira aliviado. Tras pagar su consumición, los jóvenes de la barra se levantan para disculparse ante el grupo de la mesa. Allí, bajo un mar de jarras de Paulaner se oculta Helmut Rahn, “Der Boss”. El hombre que cambió Alemania para siempre. El autor de uno de los goles mas importantes de la historia de los mundiales. La leyenda de Essen. El héroe de Berna. Los litros de cerveza no parecen ahogar la memoria de Rahn, quien a cambio de una pinta rememora la historia del partido de Berna con pelos y señales. Aquella final que enfrentaba a una de las mejores selecciones de todos los tiempos, Hungría, contra una Alemania Federal aún en estado de construcción tras ser arrasado el país durante la reciente II Guerra Mundial. El triunfo húngaro en la primera fase por 8-3 frente a los alemanes, unido a los impecables partidos realizados en el torneo, otorgaba a Hungría el cartel de claro favorito en la final. En el descanso del partido los pronósticos se cumplían, y Hungría ganaba 2-0. Sin embargo, las tornas cambiaron y el físico alemán logró igualar la contienda y poner el 2-2 en el marcador ante los magiares mágicos. 



Rahn toma aire de forma sosegada y bebe un último trago para contar lo que sucedió en el minuto 83, cuando aquella pelota cayó directamente en su bota derecha y dos húngaros se lanzaron hacia él con todas sus fuerzas para tapar el disparo. Al verles llegar Rahn se cambia la pelota de pie, y en un alarde de fuerza conecta un disparo seco y raso con su pierna zurda, que se cuela pegado al palo de la meta defendida por Grosics. Gol. Es el 3-2 y Alemania Federal se acaba de llevar el Mundial de 1954 contra todo pronóstico. El milagro de Berna. A Helmut Rahn, apodado “Der Boss” por su enorme capacidad de mando aún se le quiebra la voz al contarlo mientras de su impertérrito rostro brotan las primeras lágrimas. Su gol le convirtió en héroe eterno, de esos que perduran en las historias de los abuelos. Su gol hizo que toda una generación alemana soñase con hacer crecer un país devastado, gracias a las industrias del carbón y el acero situadas la cuenca del Ruhr. Su gol también provocó el nacimiento de un gigante textil de nuestros días.



“Tiene pinta de llover bien entrada la tarde”, exclamó uno de los viandantes. Sepp Herberger asintió, y continuó su camino de vuelta al hotel donde se alojaba junto al resto de integrantes de la selección de Alemania Federal. Antes de acceder al hotel, echó una última mirada al cielo, implorando una lluvia que no acababa de llegar. Cuando se dispone a abrir la puerta principal es interrumpido por un hombre sonriente, cargado de bolsas a su espalda. “¿Usted es Sepp, verdad?. Me llamo Adolf, Adolf Dassler, teníamos una cita pendiente”. Su mirada llena de energía y confianza dejó absorto a Sepp Herberger, quien alargó el apretón de manos más de lo debido hipnotizado por el entusiasmo de Dassler. Juntos accedieron al hotel, y juntos salieron horas después, rumbo al estadio Wankdorf de Berna, sede de la gran final de la Copa del Mundo de 1954.



El estadio lucía sus mejores galas. Sobre el césped, Adolf termino por convencer a Sepp de lo beneficioso que resultaría utilizar unas nuevas botas de piel fina y tacos largos atornillados diseñadas por su pequeña empresa. Sepp no fue muy receptivo en un primer momento, pero la insistencia y el carácter encomiable de Dassler terminó por persuadirle. Al cabo de 45 minutos de partido, con 2-0 en el marcador, el árbitro señalaba el camino a vestuarios en el preciso instante que comenzaba a llover. Cuando ambos contendientes volvieron al terreno de juego, el manto de agua ya caía de forma incesante sobre el maltrecho césped del Estadio Wankdorf. Herberger sonrió ilusionado. Instantes después el agua acumulada en el césped convirtió a los magiares mágicos húngaros en gigantes con pies de barro, haciendo inútiles sus esfuerzos por mantener la verticalidad al tener pesadas botas mojadas con tacos cortos. El resto, es historia. Las botas de los alemanes, mucho más ligeras y resistentes al barro ayudaron a elevar a la categoría de leyenda el encuentro. Al finalizar, mientras Rahn era aupado por sus compañeros bajo la lluvia de Berna, Herberger se dirigió a la grada donde se encontraba un exultante Adolf Dassler. “Gracias por las botas, son magníficas. ¿Por cierto, como se llamaba tu empresa?”. “Adidas, Sepp, nos llamamos Adidas”.


2 comentarios:

  1. Además de las botas pudo haber otros condicionantes
    http://www.mundodeportivo.com/20101027/alemania-gano-el-mundial-de-1954-dopada_54060668733.html

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Si, es cierto que se habló de ello. Y probablemente algo sea verdad. Pero si intentamos explicar de forma racional las leyendas, ¿que nos queda? ;)

      Eliminar