viernes, 8 de agosto de 2014

Tardelli, Schumacher, Madrid.

“La locura es el estado en que la felicidad deja de ser inalcanzable” (Alicia en el país de las maravillas).

11 de Julio de 1982:  El sol se dibuja sobre el horizonte de Madrid para disfrute de los nuevos bohemios que descienden hacia la gran ciudad desde la carretera de La Coruña después de haber disfrutado de una nueva noche de desenfreno tras el concierto de ayer. Otros muchos jóvenes al mismo tiempo cierran sus persianas repentinamente con el objetivo de que los rayos del sol no acrecienten su resaca. Son años de Rockola, noches en vela en el Penta, carreras por Moncloa en motocicleta y leche de pantera. El “No future” de los Sex Pistols se llevó hasta las últimas consecuencias y las ganas de vivir al límite hicieron de Madrid la cuna estatal del descontrol y la autodestrucción. Madrid me mata, se decía. Aunque en realidad fue el alcohol, las pastillas y el caballo los que elevaron a mártires de la movida a miles de madrileños. Luces y sombras. Los afectados por las drogas quedaron enterrados entre cuadros, películas y canciones que perdurarían eternamente como representantes de la llamada movida madrileña.



La ola de modernidad se había extendido a todos los puntos de España. El Mundial de 1982 había ayudado a proyectar hacia el exterior una imagen moderna del país una vez dejado atrás el periodo de dictadura, pero lo cierto es que la democracia en estos años era demasiado frágil y se encontraba en paños menores por las violentas protestas que copaban los diarios cada día. Eran los conocidos como “años de plomo”. Adolfo Suárez fue relevado en la Presidencia del Estado por Calvo Sotelo y poco a poco comenzaba a llegar el mítico “café para todos” autonómico. En medio del batiburrillo se encontraba un Mundial para el que los hogares de los españoles se prepararon tanto o más que los estadios. Las míticas Telefunken alcanzaron récord de ventas y la felicidad embargó de emoción a los millones de españoles que pudieron contemplar al nuevo emblema nacional Naranjito a pleno color. Las calles se llenaban de colores y el turismo copaba las costas nacionales. El país era una fiesta.

Desde Vigo a Elche cientos de miles de personas disfrutaron las semanas de pasión futbolística que les regalaron los Giresse, Sócrates o Lineker de turno. Los alaridos enfervorizados de sus goles solo fueron silenciados por 100.000 gargantas ávidas de rock ’n’ roll en la histórica cita de los Rolling Stones el 7 de Julio en el Vicente Calderón madrileño. El olor a marihuana en un paseo de los Melancólicos lleno de moscas gracias al bochorno dio paso minutos después a una humedad eléctrica que hizo al cielo abrirse al mismo tiempo que Mick Jagger hacía acto de presencia. Un impresionante aguacero cayó sobre la plantación de brazos y la olla a presión que era en ese momento el Vicente Calderón comenzó a hervir. Los gatos madrileños eran ya gatos rabiosos. Centenares de truenos en el cielo resultaron inapreciables para el oído de la muchedumbre, cuya felicidad por la orgía de decibelios al ritmo de Brown Sugar o Jumpin’ Jack Flash contagió a Jagger y los suyos. Globos, fuegos artificiales, drogas, “Mick Jagger for president”…..y todo ello con Their Satanic Majesties como maestros de ceremonias. Al final de las últimas notas de Satisfaction toda la juventud de Madrid era feliz, inmensamente feliz. Y así fueron todas las noches, hasta que un rayo de sol entrase por la persiana.



Durante semanas hasta que las caras de Manuel Fraga, Adolfo Suárez o Felipe González empapelaron Madrid, continuaron los pósters de la gira Tattoo You de The Rolling Stones inundando cada pared de la capital, incluido el propio estadio Santiago Bernabéu. Allí, dos noches y mucha leche de pantera después, iba a celebrarse la gran final del Mundial. La Italia de un resurgido Paolo Rossi se iba a enfrentar a la Alemania Federal del enemigo público número 1: Harald Schumacher, tristemente recordado por la patada voladora a Battiston en el Francia - Alemania Federal, y por los cubos de agua lanzados desde la ventana de su habitación a los estafados espectadores gijoneses del Alemania Federal - Austria de la fase de grupos. La fiesta llegaba a su fin. La Telefunken funcionó aquella noche a pleno rendimiento en cada hogar español.

A nivel de juego, otras selecciones habían sido superiores durante el Mundial, pero competitivamente tanto Alemania como Italia fueron las mejores. 90.089 espectadores llenaron aquel día el Bernabéu en un ambiente excepcional, digno de un Mundial donde la afición respondió en todos y cada uno de los encuentros disputados. Hacía calor, mucho calor. Y había nervios, muchos nervios. Esto se tradujo en un primer tiempo flojo, como esos combates de boxeo donde los boxeadores se tantean de forma precavida antes de lanzarse a la batalla. Un penalti errado por Cabrini es lo único reseñable del primer periodo. Anuncios en la tele. Cola-Cao, Seat y Pikolín. Breve paso por la nevera para refrescarte con una Mirinda y vuelta al sofá. 

A los pocos minutos de reanudarse el partido, Paolo Rossi refrendaba su gran mundial anotando el 1-0 para Italia remachando a gol un gran centro de Gentile tras un contraataque italiano. El entonces presidente italiano Sandro Pertini saltó de su butaca en el palco de honor para gritar y aplaudir junto al rey Juan Carlos I. Era la muestra de la felicidad de un país entero. Los alemanes mientras, protestaban un posible fuera de juego inexistente. No había vuelta atrás. El gol subía al marcador y espoleaba los ánimos alemanes en busca del gol. El partido se aceleró y la Azzurra empezó a sentirse como pez en el agua encontrando espacios a la espalda de la lenta defensa alemana.

No pasaron más de 13 minutos cuando entre Conti, Rossi, Scirea y Bergomi se plantaron en el área alemana. Uno, dos, tres toques….hasta que finalmente Scirea retrasa el balón para la llegada de Marco Tardelli, sobrio centrocampista de la Juventus que llegando desde atrás, controla el balón, y dispara resbalándose en el suelo. Todos vimos aquel balón dirigiéndose irremediablemente hacia las redes ante un estático Schumacher que solo pudo seguir el esférico con la mirada. Todos lo vimos, pero solo Tardelli lo sintió. Gol. Los segundos posteriores quedarían grabados de forma atemporal para la eternidad en la memoria de todos los aficionados al fútbol. Marco se puso de pie, y con un gesto de éxtasis absoluto inició una carrera frenética y apasionada hacia el infinito del banquillo italiano. Un volcán acababa de explotar. Durante esos segundos interminables, Tardelli volvió a sentirse el niño que jugaba en su Lucca natal, aquel que un lejano día de 1972 cumplió el sueño de jugar en el Calcio. Sintió una felicidad tan incontrolable que nadie le pudo parar. Busco alguna puerta abierta en el Santiago Bernabéu para continuar corriendo hasta el infinito. Todos deseamos frente al Telefunken que aquellos segundos fuesen eternos. Nadie jamás alcanzó ese grado de felicidad. Nadie.




La final estaba ya decantada del lado italiano. En un nuevo contragolpe, Alessandro Altobelli anotó el 3-0 para una Italia desatada. El partido estaba más que sentenciado, y el gol de consolación teutón llegaría demasiado tarde por obra de Paul Breitner. No hubo más. En un abrir y cerrar de ojos todo había acabado, y Dino Zoff alzó al cielo de Madrid la copa de campeón del mundo. Zoff se convertía en protagonista al levantar el trofeo a sus 40 años. Paolo Rossi a su vez, se alzaba con el trofeo de máximo goleador merced a sus 6 goles durante el torneo. Italia era campeona. Pero hoy por hoy nada recordamos mejor que aquella celebración de Tardelli que traspasó todas las fronteras. Tal vez porque no fue la celebración de un jugador, sino la de un hincha apasionado ante la victoria. O la del niño feliz que todos hemos sido.


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