viernes, 14 de noviembre de 2014

Bergkamp, Roa, Marsella.

"Dos miradas que se cruzan en silencio son el beso de dos almas que se aman" (Anónimo).


4 de Julio de 1998. Apenas habían pasado unos días desde que comenzase para mi aquel verano infinito. Tiempo de esparcimiento y aventura. Tiempo de vida y diversión. Como cada mañana, el sonido del despertador retumbaba en mis oídos rescatándome del sueño eterno. Un día menos para mí. Un día mas sin ti. Durante aquellas noches no quería dormir, porque mi vida real superaba con creces los sueños. Cabizbajo, solo pensaba en la oportunidad perdida días atrás en aquel viaje de fin de curso al que acudí con una maleta cargada de ilusión. Tenía 14 años y toda una vida por descubrir, pero lo único que pasaba por mi cabeza en aquel momento era encontrar las llaves de tus labios. Un año entero ansiando encontrarlas.

Cada Lunes era especial por volver a verla, y cada Viernes era feliz por pensar en verla de nuevo el Lunes. Desde el momento en el que mi madre entraba en la habitación para despertarme, su imagen pura y virginal inundaba mis recuerdos. Impacientemente me vestía para ir a colegio y verla una vez más. Cuando llegaba, mis pasos se aletargaban, y mi corazón palpitaba como si fuese a salir fuera de la órbita terrestre. El tiempo parecía detenerse cuando nuestras miradas se cruzaban. Apenas se cruzaban las palabras. Durante varios meses ella fue mi excusa perfecta para sonreír, y el único motivo de que cada día de forma ininterrumpida fuese a clase deseando que se le cayese el boli y poder recogerlo. Anhelaba poder tener un rato a solas, y compartir con ella mi primer beso. Y para ello, el mes de Junio me dio una oportunidad sin parangón: Un viaje de estudios.



Sin lugar a dudas debía ser el momento idóneo. Solo debía encontrar el momento y el lugar. Algo tan simple para un adulto y tan complejo para un chaval de 14 años. Durante una larga semana en la romántica París no reparé ni un solo segundo en las calles decoradas para la cita mundialista de Francia 98 que daba comienzo semanas después. Nada me importaba. Solo su mirada. En lo alto de la Torre Eiffel la miraba fijamente y envidiaba aquellas ráfagas de viento por poder rozar una y otra vez sus labios. Desde arriba sentía vértigo por el momento, y no por la altura. Pero los días pasaban, y tiempo y espacio nunca se llegaron a encontrar. Cada noche me veía encerrado en la distancia de las habitaciones, lleno de suspiros y desasosiego, con la mirada perdida en una esquina, y con un beso que deseaba saltarse la regla de no salir de la habitación impuesta por los tutores, para poder llegar a su boca. Tan solo pedía que el destino me concediese ese capricho de besarla, de sentirme como nunca antes me había sentido. Pero no pasó. Perdí la gran oportunidad. Y abrazando mis piernas en el autobús inicie el largo camino a casa. Eran unas pocas horas de trayecto, aunque también eran varios meses estivales sin volver a verla. Mi primer beso, aquella sensación inimaginable debía esperar.

Todo el verano la vigilé desde mis sueños. Nunca se desvaneció de mi mente, porque durante todo el verano la imagen del gallo Footix, mascota oficial del Mundial de Francia 98, evocaba mis recuerdos hacía aquel maldito viaje de estudios sin final feliz. Con 14 años la vida pasaba tan rápido que la ilusión por ver a tus ídolos en el Mundial nublaba toda tristeza. Y es que Francia, precisamente Francia, era el lugar escogido para celebrar el último Mundial del siglo XX. Y como en cada Mundial, España acudía con la vitola de favorito al contar con una extraordinaria generación de futbolistas, comandada por Hierro, Raúl o Kiko. Aquel favoritismo duró lo que duraban aquellas cintas TDK: 74 minutos. Hasta que Zubizarreta tropezó con el balón introduciéndoselo en su propia portería. Poco después, Oliseh nos daba la puntilla y ponía la clasificación muy cuesta arriba. Tras un decepcionante partido frente a Paraguay, llegó la estéril victoria ante Bulgaria. Estábamos fuera. Y era 24 de Junio. ¿Que iba a hacer el resto del verano?. Eliminado y sin beso no había consuelo posible.



Pasaron mis ilusiones y pasaron las eliminatorias una tras otra. Mis sentimientos melancólicos hicieron que con cierta pena fuese despidiendo selecciones. La última Yugoslavia. La Paraguay de Chilavert. La Chile de Marcelo Salas e Iván Zamorano. O la Rumanía que nos había enamorado 4 años atrás. Todas cayeron. Por caer, cayó hasta mi incipiente mostacho. Y llegó Julio. Afortunadamente, un mes menos para verla de nuevo.

Las eliminatorias deparaban dos duelos clásicos de las fases finales, como era el Italia - Francia y el Holanda - Argentina, junto a otros dos partidos donde tenían cabida las sorpresas del torneo, Brasil - Dinamarca y Alemania - Croacia. Era 4 de Julio, y mientras los norteamericanos alzaban orgullosos sus banderas al viento, dos países de gran arraigo futbolístico como Holanda y Argentina dilucidaban sus opciones de clasificarse  para semifinales en un duelo fratricida bajo el sol abrasador de Marsella. Allí en el Stade Velodrome se citaban dos escuelas antagónicas. La Holanda de Hiddink, con Van der Sar, De Boer, Davids, Bergkamp o Kluivert en sus filas, contra la Argentina del discutido Passarella, que contaba entre sus filas con Ayala, Almeyda, Simeone, Batistuta o Verón. Ambos equipos llegaron a Francia en Junio con un objetivo común al mío: París. La diferencia es que mi premio era mucho mas bello que una Copa del Mundo.



El partido prometía intensidad desde el minuto 1. Y así fue, cuando un extraordinario pase de cabeza de Dennis Bergkamp fue rematado a la red por Patrick Kluivert a los 11 minutos de juego. La afición Oranje estalló de alegría hasta que escasos minutos después Claudio “El Piojo” López puso de nuevo las tablas en lo alto del marcador del Velodrome. Con 1-1 las emociones no decrecieron en ningún momento. El extraordinario Roa, uno de los mejores porteros del mundo por entonces, salvaba el gol tras un disparo de Jonk para Holanda. La reacción de Argentina no tardaría en llegar de las manos de Simeone y Ariel Ortega. El partido estaba loco, y en la segunda parte Holanda llevó el mando del partido, aunque no las ocasiones. Los minutos pasaban, y las tarjetas rojas (una para cada equipo) también. Eran las 18:00 y la posibilidad de prórroga hacia desvanecer mi idea de bañarme en la playa. Los rayos del sol comenzaban a desaparecer también en Marsella. Allí la playa ni siquiera era una opción a contemplar.

Faltaba menos de un minuto para que se cumpliese el 90. Y entonces, surgió lo inesperado. Tiempo y espacio se encontraron. Frank de Boer envió un pelotazo a la desesperada, sin apenas esperanza de éxito. El cuero voló por el cielo de Marsella, arrastrado por la brisa marina, en busca de un Dennis Bergkamp en cuyas botas se encontraban las ultimas esperanzas holandesas. Cuando el balón bajó del cielo un ángel de nombre Dennis lo recibió con sutileza quirúrgica. El control había sido precioso. Mi mirada se clavó en la televisión como si la estuviese viendo a ella. De pronto vi como con suavidad y elegancia, Bergkamp acariciaba el balón lo justo como para dejar tumbado en una baldosa al mejor defensa del momento, Roberto Fabián Ayala. El recorte fue mágico. Millones de personas contuvieron la respiración esperando ver como aquel genio podía resolver su jugada maestra. Un tercer toque con el exterior de su bota llevó el balón al fondo de las mallas ante la atónita mirada de Roa. Gol. El esférico besaba la red.



La jugada de Bergkamp duró 3 segundos. 3 escasos segundos desde que vio descender del cielo aquel balón imposible. Como aquel primer beso que tanto anhelaba. De pronto sentí una sensación indescriptible. En ese preciso instante sentí una emoción similar a la del primer beso. Un 4 de Julio de 1998, en Marsella, Dennis Bergkamp lograba transmitir en 3 segundos la belleza mas pura que jamás vieron mis ojos. 3 toques. 3 caricias. 3 segundos. 3 momentos. Un solo Dennis Bergkamp.

El partido acabó con 2-1 en el marcador. La jugada dio la vuelta al mundo, y con ella los gritos desatados del comentarista de la televisión holandesa, Jack Van Gelder, quien rompió a llorar preso del cariz histórico del momento. Holanda fue eliminada posteriormente por Brasil, y el resto es historia. En un abrir y cerrar de ojos llegó Septiembre. Vuelta a las chaquetas. Naturales, Sociales y Educación Física. Vuelta a los madrugones. Y vuelta a verla a ella. Sin embargo, nada fue igual. Los Lunes volvieron a ser Lunes y los Viernes volvieron a ser Viernes, ya que cada Sábado descubría nuevas emociones viendo a un holandés con cara de ángel bailar con elegancia sobre la hierba de Highbury. Ella acabó diluyéndose en el olvido. Dennis sin embargo, continuó conquistando nuestros corazones. Un solo Dennis Bergkamp.


8 comentarios:

  1. Mi historia favorita, nunca dejes de escribir.

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  2. Muchísimas gracias de corazón, usuario anónimo. Pequeño homenaje a esa emoción que nos hace despertarnos y acostarnos sonriendo.

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  3. He leído tus historias decenas de veces... me encantan!! Pero esta me gusta especialmente, todos en algún momento de nuestras vidas hemos sentido esa ilusión por alguien no?
    Te invito a que visites mi blog, de momento no tiene mucho, porque esta recién estrenado, pero bueno, por algo se empieza!!!

    http://unrincondelalma.blogspot.es/

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  4. Mil gracias, y sobre todo mil gracias a ti por historias tan bonitas como la de "Tu, el último en llegar". Lo importante siempre son las sonrisas, y siempre quedan los buenos momentos. Espero que sigas escribiendo, usuaria anónima!

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  5. Lo triste es cuando parece que los buenos momentos nunca existieron !!

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  6. Hay un mundo paralelo donde los buenos momentos nunca acaban. Se llama recuerdos.

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  7. Ojalá se pudiera volver al instante en que una oportunidad se pierde conscientes de que se va a ser perdida y hacer algo para evitarlo.. pero la vida es así y a veces nos deja con cara de bobos. Ojalá las musas te inspiren pronto y nos regales algo nuevo

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  8. Las musas están frente al espejo, hoy y siempre. La inspiración es sumergirse en el mundo de la conciencia. Solo. Siempre solo. Pero gracias!!

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