miércoles, 15 de julio de 2015

Nayim, Seaman, París.

"Cada vez que os venden París como la ciudad del amor 
o pagáis por ver amanecer me río, 
porque no sabéis lo que es ver salir el sol por encima de su hombro, 
ni habéis visto caer Berlín en los muros de la pared de su cuarto, 
ni habéis perdido la guerra fría por atrincheraros en sus sábanas
cualquier asquerosa mañana que, 
de no haber sido por ella, 
no estaría marcada en ningún calendario.
(Joyce Grace)


10 de Mayo de 1995: La historia de mi vida comienza en los primeros meses del año 1994. En los despachos de unas modernas oficinas fui concebido con piel de poliestireno con la que hacer feliz a millones de personas. Desde Nueva York a Nueva Delhi, desde Boston a Madrid, desde Berlín a Tegucigalpa transmitimos alegría y tristeza a partes iguales porque nací para ello. Mi nombre es Questra y fui llamado así por la frase “The quest of the stars” (La búsqueda de las estrellas). Desconozco si el resto de mis hermanos lo consiguieron. Yo, encontré dichas estrellas. En la bella ciudad de París, a orillas del Sena comencé a rodar sin saber muy bien porque había acabado allí. Una tarde de Mayo, días después de mi llegada a París, un hombre italiano me llevó de paseo, y tras exhibirme ante decenas de miles de personas decidió que debía ser yo y solo yo el responsable de determinar un campeón de Europa. Un argentino de mirada penetrante me posó en el círculo central, y tras unos segundos interminables decidió acariciar mi suave tacto con su bota. Mi noche había llegado.


París lucía majestuosa como cada noche. El color de las flores que rodeaban los Campos Elíseos dibujaban un extraordinario atardecer de Mayo. El Pont Alexandre recibía los miles de turistas diarios cuando las luces de la ciudad comienzan a encenderse y el reflejo de los edificios en el agua te transporta inmediatamente a otra época. Camisetas blancas procedentes del sur. Camisetas rojas venidas del norte. Miles de ilusiones bajo las farolas de la ciudad de la luz brillaban bajo un cielo azul con nubes blancas, como dibujadas con acuarelas, clara premonición de lo que horas después iba a suceder. Los rayos del sol se atrapaban en el agua del Sena haciendo eterno aquel 10 de Mayo de una primavera radiante. La magia del fútbol transformaba las aguas del Sena en las del Ebro. Y Notre Dame en la Basílica del Pilar. Era el día perfecto para ser 10 de Mayo.


Los minutos pasaban en El Parque de los Príncipes mientras el cielo adquiría un tono lavanda. Para mi, el simple hecho de poder estar a ras del húmedo césped, impulsado por la suave brisa que soplaba aquella tarde, era un sueño del que desee no despertar jamás. Y así fue durante muchos minutos, en los que el amor que impregna la ciudad me regaló 90 minutos de disputa constante. 90 minutos en los que disfruté del fútbol y sus mágicos matices. Fui protagonista de grandes jugadas, dominio alterno, lucha y brega constante, tensión, y sobre todo mucha fé. Ambos equipos me dieron la oportunidad de besar sus redes para homenajear el espectáculo que estábamos brindando. Noté sobre mi como la mirada de dos ciudades se iba a convertir con el paso de los minutos en la mirada de dos regiones. De dos países. De un mundo entero. Lástima que el árbitro pitase y tuviésemos que parar. Sentí la sensación de un despertador sonar tras un sueño placentero.

Me habría encantado romper las leyes del tiempo para quedarme sobre el césped eternamente. Fruto de mis deseos, me concedieron 15 minutos más. Volví a las manos de aquel argentino que parecía llamado a comerse el mundo. Él, precisamente él, me había hecho besar las redes minutos antes. 
Pasaron aquellos 15 minutos. Y vinieron otros 15 más. El cansancio se apoderó de todos los presentes. Habían pasado más de dos horas y seguía de un lado para otro sin rumbo cierto. Corría el minuto 119 cuando comencé a escuchar los gritos del lado azul y blanco del Parque de los Príncipes. Vi el ondear de las banderas. Vi bufandas al viento. Supe en ese momento que las mejores aventuras se viven con el corazón. Y corazón le sobraba a aquellos aventureros aragoneses.


Pegado a una línea de cal boté y boté con el reloj marcando el 119:40 hasta que una bota besó mi piel y empecé a viajar hacia el cielo a una velocidad endiablada. Cogí tanta altura que pude divisar la ciudad de París iluminada, preciosa. Como si todas las estrellas del cielo hubiesen caído aquella noche. El mundo flotaba a mis pies. Eiffel intentó llegar a la luna con su Torre, y yo aquella noche pude tocarla. Tenía que ser en París. Había sido diseñado para buscar las estrellas, y lo había conseguido. De forma súbita comencé una caída vertiginosa que en milésimas de segundos acabó conmigo de nuevo en el Parque de los Príncipes besando de nuevo la red. No me lo podía creer. Al besar la red los segundos se convirtieron en años, y con ello gané un pedazo de eternidad. Gritos, saltos de alegría, manos en la cabeza y expresiones de sorpresa. Sentí que medio mundo tenía la boca abierta ante la obra de arte digna del Louvré que acabábamos de ver. Los llantos de alegría sirvieron como pitido final. La Recopa alzada por Pardeza al cielo de París alcanzó también las estrellas.


Mi vida no acabó allí. Aquel momento mágico me hizo reencarnarme en felicidad. No he parado desde que toqué las estrellas gracias a aquel divino hombre venido del norte de África. Me convirtieron en leyenda. Me convirtieron en historia. Me convirtieron en calle con su placa incluida. Me convirtieron en libro. Me convirtieron en grupo de música. Desde el momento en que Seaman me rozó con sus dedos dejé de llamarme Questra para pasar a ser “El gol de Nayim”.


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